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Duetos en la historia y la escritura. María Teresa y Ofelia

Duetos en la historia y la escritura: María Teresa y Ofelia

Por Zaida Capote Cruz

 

Dos novelistas levantaron su voz contra la guerra, pelearon incansables y relataron luego sus experiencias en la batalla. María Teresa León y Ofelia Rodríguez Acosta coinciden en atender, cada una a su modo, las urgencias de su tiempo.

En La Habana, a fines de la década del 20, los estudiantes asumieron la defensa de la dignidad popular. En sus protestas contra el gobierno de Gerardo Machado, tomaron las calles y pusieron sus mártires. El asesinato de Rafael Trejo en 1930 detonó amplias protestas y encauzó la resistencia. Ofelia Rodríguez Acosta, detenida en alguna ocasión por conspirar contra el gobierno, relató los avatares de la lucha antimachadista en Sonata interrumpida, una novela publicada en México en 1943. Las movilizaciones, las reuniones clandestinas, los desmanes de la porra machadista que intentaba aterrorizar a los revolucionarios, todo se cuenta en esa novela. Allí aparecen algunas mujeres violentadas por los partidarios de la dictadura: un policía deja ciega a Olga de un mazazo que le rompe los espejuelos; una porrista le rasga la cara a Luisa dejándole una cicatriz que a partir de entonces la joven revolucionaria llamará “mi condecoración”.

Otra obra de Rodríguez Acosta desnuda la insensatez de la guerra, y entiende el vínculo sanguíneo entre los oprimidos de cualquier parte. En la noche del mundo, publicada por Manuel Altolaguirre y Concha Méndez en La Verónica en 1940, es un texto expresionista casi, centrado en la denuncia de la guerra como razón del capital. Era el símbolo de los tiempos, cuando se disputaba el destino de la humanidad en cada corazón comprometido. Escrita en los duros años del ascenso del fascismo y la derrota de la España republicana, la prosa descoyuntada de esta novela trasmite la desazón frente al revés sufrido por los mejores ideales humanos.

Pero volvamos a la lucha antimachadista. Una crónica de Pablo de la Torriente Brau no muy conocida (yo debo su lectura a Ricardo Hernández Otero), relata los preámbulos organizativos, primero, y luego la peregrinación de un grupo de mujeres al cuartel militar más importante de La Habana para pedir el cese de la represión. Pablo había estado en la manifestación que resultó en la muerte de Rafael Trejo;también llegó herido al hospital donde los médicos intentaron salvarle la vida al estudiante mártir. Las primeras en ofrecer una guardia de honor al cadáver de Trejo fueron las mujeres, ellas entraron al cementerio llevando en andas el ataúd. El cronista identifica a Ofelia Domínguez Navarro, Flora Díaz Parrado y Ofelia Rodríguez Acosta. La muerte de Trejo quedó grabada en la piel de cada combatiente, y varias mujeres, reunidas luego en casa de Loló de la Torriente, decidieron, en público de desagravio, organizar un homenaje.

Cuando María Teresa León llegó a La Habana con su esposo, Rafael Alberti, era abril de 1935 y aun duraba la resaca de la revolución antimachadista; el golpe contra el Gobierno de los Cien Días había extremado el enfrentamiento revolucionario y en mayo de ese año caerían Antonio Guiteras y Carlos Aponte en el Morrillo. Quizás no intuyera ella cuánto de aquella situación podría marcar su experiencia posterior, durante los años de la Guerra Civil española.

Organizadora del Congreso de Valencia en 1937, fundadora de las Guerrillas del Teatro para difundir las ideas antifascistas a través de un arte de agitación urgente, salvadora de los tesoros del Museo del Prado, María Teresa León llevó a la letra de su novela Contra viento y marea, de 1941, las vivencias arrasadoras de aquellos años al servicio de la causa republicana.

También en 1937 Ofelia había ofrecido en París el testimonio de su paso por la España de preguerra en la que mencionó el profundo vínculo entre luchadores de ambos países, cuando “muchos de los nuestros vierten la siembra de sus vidas sobre el terreno del combate, grano a grano, gota a gota, con los hijos del suelo español”. Pablo, comisario político del Quinto Regimiento caído en Majadahonda, fue uno de ellos. También fue el modelo del “hombre oscuro”, proveniente de una “pequeña patria rodeada de azul”, cuyo destino Contra viento y marea sigue por un buen tramo.

Su escritura da fe de cuánto se emplearon en la defensa de sus convicciones y en el trabajo de un arte militante, comprometido, que las llevó a coincidir en la distancia.

Durante toda la primera parte, sin embargo, la acción transcurre de este lado del Atlántico. La novela relata la experiencia cubana, también rememorada en sus Memorias de la melancolía (1970). Guajiros empobrecidos, negros discriminados, intelectuales presos —Juan Marinello y Regino Pedroso, entre los redactores de la revista Masas, condenados por “propaganda sediciosa”— y una voluntad de lucha que encuentra en cada esquina el oído atento de esa cronista solidaria venida de ultramar. Y la Cárcel de Guanabacoa, donde iban a dar las presas políticas, y su labor allí, en aquel sitio al que llegaron a visitarlas María Teresa y Rafael en 1935.

Aunque pretende evitar hablar de política, dice, Contra viento y marea es una novela política de cabo a rabo. Hasta al hablar de las relaciones íntimas entre hombres y mujeres asume la visión de unos tiempos nuevos, cuando también en lo privado deben cambiar las cosas, como bien saben Ana María, enfundada en su mono azul, o las cubanas presas en Guanabacoa. De Cuba lo pone todo: la situación política, los abusos cotidianos, la dependencia económica de los Estados Unidos, el entierro de Mella, la marcha de las maestras, y el colofón de siempre, la prisión. Su esfuerzo literario gana el lenguaje y hay tánganas y ñeque para celebrar el contagio de ese otro mundo. Por ahí se emparienta con la novela de Rodríguez Acosta.

Ellas lucharon sus propias batallas y sintieron como propias las batallas ajenas, las relataron o reseñaron. La defensa de su idea de justicia nunca fue una cuestión individual, se sintieron ciudadanas del mundo y parte de una humanidad comprometida con alcanzar el promisorio futuro donde el fascismo y las dictaduras no fueran más que un mal recuerdo. Militaron del lado de los más, por la paz y la vida. Su escritura da fe de cuánto se emplearon en la defensa de sus convicciones y en el trabajo de un arte militante, comprometido, que las llevó a coincidir en la distancia.

 

Este post expresa el punto de vista de su autora.
Texto escrito especialmente para Textos del Circuito. Se prohíbe su reproducción en cualquier medio o formato sin la autorización expresa de la autora y Circuito Líquido.
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+ de Zaida: Duetos en la historia y la escritura. Gertrudis y Emilia

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